Malos TiemposLa primera plana del New York Times se ha convertido crecientemente en casa de editoriales disfrazados de "noticias" y demasiado a menudo en casa de engaños.
Si nos remontamos algunos años, hablamos de la patraña de Tawana Brawley en la se decía que una pandilla de hombres blancos la habían violado en grupo. Hace apenas un par de años, cayeron en el timo de la "violación" en la Universidad de Duke. Y entre tanto estaban los engaños del periodista del New York Times, Jayson Blair, al que mantuvieron en el periódico y lo ascendieron hasta que demasiada gente descubrió lo que había estado haciendo y el diario tuvo que dejarlo ir. El mes pasado, el New York Times creó su propio timo con un largo artículo de primera plana acerca de cómo los veteranos de guerra que volvían de Irak y Afganistán estaban asesinando gente en Estados Unidos debido al estrés sufrido en combate. El New York Post les desbarató el timo dos días después y demostraron que el índice de homicidios entre veteranos de guerra que volvían era solamente una quinta parte del índice de homicidios entre civiles en las mismas categorías de edad. Inasequible al desaliento, el New York Times ha salido con su último notición de primera plana, la afirmación de que alguna gente anónima sospechaba de que el senador John McCain y una cabildera habían tenido un romance o de que había intentado impedir que se supiera lo del romance. Pero al parecer nadie realmente afirmó saber de que hubiera un romance. Esto ni siquiera llegó al nivel de "él dijo, ella dijo". En su lugar lo que había era fuentes anónimas divulgando sus sospechas. La gente que comparte las opiniones políticas del New York Times son tratados como "inocentes hasta que se pruebe su culpabilidad". La gente con una opinión distinta es condenada por "la apariencia de obrar de forma impropia", incluso si no hay evidencias firmes de que se hizo algo malo. En esta reciente "noticia" sobre el senador McCain, el estándar parece ser que las fuentes anónimas sospechaban "de la apariencia de obrar de forma impropia". Nada es más fácil que tener suspicacias. En mis años de juventud, se sospechaba de que yo tenía romances con más de una mujer atractiva cuando en realidad -- ay, desafortunadamente -- no había nada de cierto. En esos momentos, no obstante, me sentía halagado por las insinuaciones. En 1976, cuando el presidente Ford me nominó para la Comisión Federal de Comercio, alguien le dijo anónimamente a un investigador del FBI que yo era comunista. Ni siquiera la gente que se oponía a mi nombramiento se lo creyó y no se divulgó en el New York Times. Eso era en los días cuando el New York Times todavía gozaba de una reputación de integridad, antes de los engaños de Jayson Blair, los cuentos sobre violaciones en grupo y la prostitución generalizada de su portada para disfrazar la politización como noticia. Con el transcurrir de los años, el New York Times se ha ido desacreditando cada vez más. No sólo los críticos han expuesto repetidas veces el uso tendencioso de sus "noticias", sino que hasta el mismo defensor del lector del New York Times ha dicho ahora que no se debería haber publicado la historia insinuando un romance de McCain. La credibilidad en declive del New York Times y de otros medios tendenciosos, es en sí algo saludable. Ha habido demasiado candidez por parte de la opinión pública que se ha explotado cínicamente tanto por los medios como por los políticos. En otro sentido, sin embargo, es un día triste para el país en general que haya una merma de fuentes confiables de noticias así como de opinión informada y honesta. La histeria se ha convertido en la norma para demasiadas publicaciones que alguna vez se consideraban serias, sea porque la histeria tenía como fin un aumento de ejemplares o promover cierta agenda política. El aumento de medios alternativos -- destacadamente la radio hablada -- ha limitado la impunidad con la que operaban los principales medios de comunicación. El memorándum falso de Dan Rather sobre el servicio en la Guardia Nacional del presidente Bush podría haber pasado sin ser cuestionado y haber afectado unas elecciones como en los viejos tiempos cuando los medios de comunicación mayoritariamente lo formaban colegas que pensaban igual y que no avergonzarían a uno de los suyos. Los blogueros y la radio hablada lograron desbaratarlo. Pero hay dudas de que haya sido la última de las estafas periodísticas. No en un año electoral. Si quiere saber más sobre Thomas Sowell y leer artículos de otros columnistas y caricaturistas de Creators Syndicate, visite nuestra web www.creators.com. Thomas Sowell es especialista decano de la Institución Hoover en la Universidad de Stanford, Stanford, CA 94305. Su página web es www.tsowell.com.
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