Iván Y Boris Otra VezHay una vieja fábula rusa, con diversas versiones en otros países, acerca de dos campesinos pobres, Iván y Boris. La única diferencia entre los dos era que Boris tenía una cabra y que Iván no tenía nada. Un día, Iván encontró una lámpara medio extraña y cuando la frotó, apareció un genio. El genio le dijo que solamente le podía conceder un deseo, pero que podía ser cualquier cosa que quisiera en el mundo entero. Entonces Iván le dijo "Quiero que se muera la cabra de Boris".
Las variaciones de esta historia en distintos países nos dice más sobre los seres humanos en general que sobre los rusos. Esta fábula nos puede ayudar a comprender algo doloroso sobre muchos americanos hoy en día, cuando a tanta gente le preocupa el sueldo de los directores de grandes empresas. No es que esos sueldos les afecten mucho. Si cada directivo de empresas petroleras en Estados Unidos aceptara trabajar gratis, eso no sería suficiente ni para bajar 10 céntimos el precio de un galón de gasolina. Si cada uno de los ejecutivos de General Motors aceptara trabajar gratis, eso no bajaría ni el 1% el precio de un Cadillac o de un Chevrolet. Demasiada gente es como Iván y quiere que la cabra de Boris se muera. No es siquiera que el directivo promedio gane tanto dinero como sí lo hacen deportistas y artistas profesionales. El sueldo promedio del director de una empresa bastante grande como para que esté incluída en el índice Standard & Poor's es la décima parte de lo que gana Tiger Woods y menos de la treintava parte de lo que gana Oprah Winfrey. Pero ¿cuándo ha acusado alguien de "avaricia" a los deportistas o a los artistas por ganar ese tipo de dinero? No es el público en general quien señala a los directivos empresariales. Son los políticos y los medios de comunicación quienes se centran en los líderes empresariales y el público ha sido arrastado como ovejas a hacer lo mismo. La lógica es simple: Demonice a aquellos cuyo lugar o poder planea usurpar. Los políticos que buscan el poder para microadministrar empresas y la economía saben que demonizar a los que en la actualidad administran esas empresas es el tiro de salida en la lucha para asumir el control de sus funciones. No hay manera que los políticos pueden asumir el control de las funciones que realizan Tiger Woods u Oprah Winfrey. Por tanto, ellos sí pueden ganar lo que se les antoje ya que los políticos no pueden sacarle rentabilidad política a ello.
Los que quieren más poder han sabido por siglos que la clave está en darle a la gente alguien a quien odiar y temer. En la Francia del siglo XVIII, la promoción del odio a la aristocracia fue la clave para que Robespierre consiguiera un mayor poder dictorial que el que nunca tuvo la aristocracia. Y usó ese poder para provocar un baño de sangre aún mayor que cualquier cosa sucedida durante el régimen anterior. En el siglo XX, los zares y los capitalistas en Rusia fueron convertidos por los comunistas en el blanco del odio del pueblo como táctica para asumir el poder. Ese poder provocó más estragos en la vida de más gente que ni sumando juntos a zares y capitalistas. Como en otros países y en otros tiempos, no es solamente cuestión de qué élites se saldrán con la suya en la lucha por la supremacía del poder en Estados Unidos. Es el pueblo en general quien se la juega en todo esto. Acabamos de ser testigos de una de las más grandes demostraciones a domicilio de lo que pasa en una economía cuando los políticos les dicen a las empresas qué decisiones tienen que tomar. En Estados Unidos, durante años los políticos, usando el poder de la Ley de Reinversión Comunitaria y otros poderes reguladores, junto con las amenazas de emprender acciones legales si la media de aprobación de préstamos difería del perfil poblacional, han forzado a bancos e instituciones financieras a prestar dinero a personas a las que, de otra forma, nunca les habrían concedido un préstamo. Y con todo, cuando todo el tinglado salta por los aires, nos golpea de lleno y la economía se resiente, ¿cuál es la respuesta? Que esos mismos políticos tomen más decisiones económicas porque éstos han decidido decir que la "desregulación" es la causa de nuestros problemas. Sin importar cuanta regulación asfixiante haya podido ser responsable de un desastre económico, los políticos ya han aprendido que si lo llaman "desregulación" pueden salirse con la suya. No importa lo que suceda, los políticos siempre salen ganando. Si seguimos haciendo caso a lo que políticos y sus aliados en los medios de comunicación dicen, siempre seremos nosotros los que saldremos perdiendo a lo grande. Mantener nuestra atención en lo que ganan los ejecutivos -- o sea en la cabra de Boris -- es todo parte de este jueguito. Todos seremos cabras si dejamos que nos engatusen con ese cuento. Si quiere saber más sobre Thomas Sowell y leer artículos de otros columnistas y caricaturistas de Creators Syndicate, visite nuestra web www.creators.com. Thomas Sowell es especialista decano de la Institución Hoover en la Universidad de Stanford, Stanford, CA 94305. Su página web es www.tsowell.com.
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